Los Condenados de la Tierra
Nacemos condenados, nuestros hijos van por ahí con el estigma de tener que entregar el fruto de su trabajo a un pequeño grupo de propietarios que todo lo tienen, el trabajo se convierte, ya no en la realización máxima, donde recogemos los frutos de él, más bien un lastre que envilece a los pueblos, mientras una minoría se hace cada vez más rica y poderosa el resto parecemos obligados a cargar esta pena a perpetuidad, heredando a los nuestros el yugo de nuestra opresión.
Vamos condenados a soportar el lastre de la violencia, violencia que se hace cotidiana a partir del acto de apropiación e nuestro trabajo; violencia contra nuestros hijos al aspirar a vivir mejor, al convertirlos en parte de este gran mercado de humanos; violencia contra las mujeres, bajo el terrible peso de la prostitución social y de la lujuria del adinerado, además del papel secundario que la sociedad del dinero les da; violencia en contra de nuestras comunidades, al pretender despojarlas de lo que por derecho y primacía les pertenece; violencia contra nuestra tierra, cuando algún capitalista se interesa por nuestros recursos, los saquea y explota, dejando miseria, desolación y contaminación; violencia que bajo el discurso del orden nos imponen con muros de prisiones, policías, ejércitos, leyes y falsa democracia, no quedando más que represión.
Vamos condenados a vivir atados a un sistema educativo que nos enseña de manera cotidiana que la forma de vida del que domina es el ideal, aunque la inmensa mayoría nunca alcancemos a vivir así; un sistema que nos prepara, no para ser mejores seres humanos, sino para entrar en un mercado que nos obliga, cual bestias en estado natural, a competir; sistema que nos despoja de nuestra capacidad de inventiva, de la iniciativa, de la curiosidad natural y dominando nuestro impulso vital, nos enseña que ser sometido es nuestro rol y nada se puede hacer y que, como sentencia final, nos hace educar a nuestros hijos en esa perspectiva sin más que hacer, más que ser los condenados de la tierra. En esta dinámica estamos condenados a perecer.
Esa condena es nuestro lastre, pero podemos convertirla en nuestro ímpetu de liberación. Cuando abrimos los ojos y reconocemos al de lado, lo miramos como igual, como compañero de desdichas y sentencias, cuando al reconocernos, nos entendemos como la base mediante la cual se genera la riqueza, y además encontramos al enemigo común el que nos sujeta y de manera violenta nos despoja, nos reprime, coarta nuestras libertades, y nos condena a vivir bajo un sistema injusto, entonces asumimos la lucha por la liberación de los hombres como el principio más hermoso de vida entre los hombres y mujeres. Esta lucha no se limita a ninguna forma en particular, cualquier acto cometido contra esa violencia que se perpetúa es un acto de resistencia, de rebeldía.
La resistencia está en cada acto de vida cotidiana, desde que nacemos resistimos la opresión en nuestra contra, sin darnos cuenta, nuestra supervivencia es un acto de resistencia. Al reconocer nuestro legitimo derecho a resistir y rebelarnos, reconocemos todas las formas de lucha como validas y sólo condenamos la violencia institucional, reivindicando el derecho a la vida, a una vida más digna. Esta resistencia tiene que pasar por la oposición a las formas de organización política de los de arriba, enalteciendo las formas de organización popular, las asambleas populares, la autogestión económica y social, las policías comunitarias, en una palabra todas las formas de organización económica política y social que busquen la transformación. Para lograrlo debemos de entender al otro, ser como es el otro, vivir como el otro, el otro que es nuestro igual, no imponiendo ninguna estructura organizativa de corte vertical o algún planteamiento que no sea un reflejo de nuestra realidad, la horizontalidad es en esencia nuestra principal virtud. Tenemos claro que nuestra condena no es una sentencia de muerte, sin embargo es necesario revertir lo que 500 años de capitalismo han hecho, porque está en juego nuestra existencia como especie, debemos luchar por un cambio real que parta de los que somos iguales, de los que con nuestro trabajo generamos la riqueza y que apropiándonos de lo que nos pertenece, nosotros los condenados de la tierra, pongamos su mundo de cabeza y el nuestro de pie.
No hay comentarios:
Publicar un comentario