sábado, 20 de abril de 2013


Fin de Semana de PUMAS_AMÉRICA. La violencia no es negocio. . 


Se es bien conocido que el futbol es el deporte de más apego en la sociedad mexicana, así como el que cuenta con una mayor cantidad de aficionados, desde niños hasta adultos. Bien podemos rastrear este fenómeno desde dos puntos: el apego desde el juego en el barrio, con los amigos y el que se genera con toda la mercadotecnia de la industria televisiva, principalmente.
La reta con otra colonia o entre amigos, los torneos amateur suelen generar mucha euforia, la pasión por no perder, dar todo cuando el balón esta cerca, la gambeta que puede ir seguido de una burla por la humillación recibida. En estos casos las afrentas se suelen disipar directamente entre los involucrados: él que atrevido y el humillado o el conjunto de ganadores y perdedores. Claro que los espectadores también entran a salvar el orgullo ofendido.

Clamar salvar el orgullo resulta de lo más natural, lo mismo que una tribu, una escuela o un equipo de fútbol profesional. La diferencia en este último caso puede verse en la cantidad de gente que tiene que escoger entre los equipos, mucha gente pocos equipos. Mucho de todo para los equipos que “pelean” por tener más seguidores. Empresas que impulsan imagen de los clubs, jugadores, colores, espacios, todo esto con un descaro que sólo les dé a ganar más dinero, pues más afición es más ganancia para ellos, pero ante esto hay un fantasma que puede reducir sus ingresos; es la violencia de las barras bravas.
Uno de los encuentros que generan más violencia es el Pumas-América, pues ambos cuentan con unas de las barras más apasionadas y por tanto es un partido que los empresarios cuidan, pues estos sólo quieren la ganancia económica de una pasión mediática y no están dispuestos a soportar otros elementos inherentes de la misma. A los empresarios les gusta ver los estadios llenos de consumidores, llenos con mucho color (es bueno para la imagen de televisión), los escaparates vacíos de la ropa de Su equipo. El fútbol es suyo y no de afición, pero está tiene que pensar que es lo contrario, pues si no es así ya no hay negocio para el capitalista.


Las reglas de cómo vivir esta pasión están bien puntualizadas, es por lo mismo que hacen firmar acuerdos de no agresión a los líderes de barras ante la jerarquía policial, que como siempre va a cuidar los intereses del capitalista, así los de las televisoras, de las cerveceras, de ropa deportiva; todos los empresarios juegan con este amor que nace en el barrio y mediante un sistema de explotación emotiva termina con sus bolsas que se llenan más.
La violencia en los estadios es por una ofensa previa: un trapo robado, una derrota en casa, una pelea previa en un Estado visitante un abuso policial, sobre precios en  los boletos para los barristas.
El empresario feliz y el aficionado como robot, sólo obediente. Pero como individuos les decimos que no aceptamos sus condiciones utilitaristas, no somos meros consumidores, ya no.


Cronopio de muy abajo.

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